El video dura apenas unos segundos. Una mujer joven camina por una calle de Teherán sin cubrirse el cabello. Simplemente camina. A su alrededor pasan autos, peatones, vendedores ambulantes. Nadie parece mirarla demasiado. Pero en Irán ese gesto —salir a la calle sin el velo obligatorio— es una transgresión.
La escena se repite desde hace años. Videos como ese circulan a pesar de la censura, filmados con celulares y subidos a cuentas anónimas. Mujeres que se sacan el hiyab en un colectivo, en la universidad, en la vereda de un café. A veces alguien las insulta. A veces interviene la policía de la moral. Otras veces, simplemente, nadie hace nada.
En esos pequeños gestos se juega una de las tensiones más profundas de la sociedad iraní contemporánea. Y ahora, en medio de una guerra que amenaza con extenderse por toda la región, vuelve a aparecer una pregunta: ¿puede un conflicto externo silenciar la rebelión femenina que desafía al régimen desde hace años?
Para entender esa pregunta hay que volver a septiembre de 2022. Ese mes, Mahsa (Jina) Amini, una joven de 22 años, murió bajo custodia policial después de haber sido detenida por la llamada “policía de la moral”, encargada de vigilar el cumplimiento del código de vestimenta islámico. Según las autoridades, sufrió un problema cardíaco. Su familia y testigos denunciaron que había sido golpeada.
La noticia se propagó con rapidez. En cuestión de horas comenzaron las protestas en su ciudad natal, Saqqez. Luego se extendieron a Teherán, Mashhad, Shiraz, Isfahán. Miles de mujeres salieron a las calles, muchas de ellas quitándose el velo en público, algo que hasta entonces había sido relativamente excepcional.
Israel y Estados Unidos intensifican los ataques contra Irán y crece la tensión en Medio OrienteEl lema de esas manifestaciones se volvió rápidamente global: “Mujer, Vida, Libertad”.
Durante meses, el país vivió las protestas más intensas contra la República Islámica desde la revolución de 1979. La respuesta del régimen fue contundente: detenciones masivas, juicios exprés, apagones de internet y una represión que dejó cientos de muertos.
Pero incluso cuando las manifestaciones masivas se apagaron, algo había cambiado.
El conflicto entre el régimen iraní y las mujeres no es nuevo. Desde la instauración de la República Islámica, el control sobre el cuerpo femenino se convirtió en un elemento central del proyecto político del Estado. El velo obligatorio, impuesto en 1983, funciona no solo como norma religiosa sino como símbolo del orden social que el régimen pretende defender.
El sociólogo Asef Bayat, especialista en Medio Oriente, describe este fenómeno como una forma de “política de la vida cotidiana”: pequeñas acciones individuales que, acumuladas, terminan cuestionando estructuras de poder aparentemente inamovibles. En Irán, caminar sin hijab puede parecer un gesto mínimo. Pero en el contexto del sistema legal vigente, ese gesto se convierte en una forma de desobediencia civil.
Eso es lo que ocurre en muchas ciudades iraníes. No siempre hay marchas ni enfrentamientos. Pero la presencia de mujeres sin velo en espacios públicos se volvió cada vez más visible.
El régimen lo sabe. Por eso en los últimos años reforzó las medidas de control. Además de multas y arrestos, las autoridades comenzaron a utilizar cámaras de reconocimiento facial para identificar a mujeres que violan el código de vestimenta. También se aprobaron leyes más duras para sancionar a quienes promuevan la desobediencia.
Bitácora del conflicto en Medio Oriente: Irán lanzó anoche una nueva salva de drones y misiles contra IsraelSin embargo, la resistencia continúa.
La investigadora feminista Cynthia Enloe, una de las académicas que más ha estudiado la relación entre militarismo y género, sostiene que los conflictos armados suelen transformar profundamente el lugar de las mujeres en la política. En su libro Bananas, Beaches and Bases, explica que las guerras no solo se libran con ejércitos: también se disputan en la vida cotidiana, en los roles sociales y en las jerarquías de género.
Ese enfoque ayuda a entender la pregunta que hoy atraviesa a Irán.
La guerra con Israel y Estados Unidos introduce un factor nuevo en la ecuación política del país. En muchos contextos históricos, los conflictos externos han servido para fortalecer a los gobiernos. Frente a una amenaza externa, la sociedad tiende a cerrar filas en torno al Estado. El nacionalismo desplaza las disputas internas.
Los gobiernos autoritarios conocen bien ese mecanismo. La guerra permite justificar medidas de excepción, aumentar el control sobre la información y presentar cualquier crítica como una traición.
Pero la historia también muestra que las guerras pueden producir el efecto contrario.
Los conflictos prolongados generan desgaste económico, escasez, inflación y frustración social. Y en sociedades donde el descontento ya existía, ese desgaste puede transformarse en nuevas protestas.
Irán enfrenta desde hace años una crisis económica agravada por sanciones internacionales, inflación y desempleo. A eso se suma una brecha generacional cada vez más visible. Gran parte de la población es joven y ha crecido en contacto con el mundo a través de internet, redes sociales y cultura global.
Para muchos de esos jóvenes, especialmente mujeres, las normas impuestas por el régimen aparecen cada vez más desconectadas de su vida cotidiana.
La pregunta, entonces, no tiene una respuesta sencilla.
Es posible que la guerra refuerce temporalmente al régimen y reduzca las protestas. También es posible que, si el conflicto se prolonga y agrava la crisis económica, el malestar social vuelva a expresarse con fuerza.
Pero hay otro factor que quizás sea más difícil de revertir.
En muchos lugares de Irán, el velo obligatorio dejó de ser una norma social indiscutida. Incluso quienes lo usan por convicción saben que su significado político ya no es el mismo que hace una década.
Las protestas de 2022 no solo cuestionaron una ley. También cambiaron la percepción colectiva de lo que es posible.
Guerra en Medio Oriente: Trump exige la rendición incondicional de Irán y descarta negociarPor eso, mientras el país enfrenta una guerra externa, el régimen iraní continúa librando otra batalla dentro de sus propias fronteras.
Una batalla silenciosa, cotidiana y persistente.
La que ocurre cada vez que una mujer sale a la calle y decide caminar con el cabello descubierto.